Cuento de terror Dulce engendro

Durante las vacaciones de invierno me fui de paseo a uno de esos lugares que ahora acostumbran denominar como “Pueblos Mágicos”. Es decir, un sitio lleno de artesanías y construcciones antiguas en donde se puede pasear con tranquilidad y seguridad.

Lo que más me gustó es que las calles eran empedradas, algo que definitivamente ya no se puede ver en las grandes urbes. Ingrese a una fonda, comí un par de platos típicos y me dirigí a la plaza central.

En una de las bancas, se hallaba sentada la muchacha más linda que mis ojos hubieran visto. Era delgada, con cutis de porcelana y unos ojos color miel que derretirían a cualquiera.

– Me llamo Gonzalo, ¿cuál es tu nombre?

– Puedes llamarme Marta. Me dijo.

La segunda pregunta que le hice fue si tenía novio. Sé que no es la mejor manera de iniciar una conversación, sobre todo cuando lo que se desea es entablar antes que nada una amistad. Sin embargo, ella no se sintió incomodaba y me sonrió.

Las horas pasaron y nosotros conversamos acerca de una infinidad de temas. Es decir, desde que elementos eran los que me gustaban de un cuento de terror hasta poesía romántica contemporánea.

Cerca de las 9:00 de la noche, la plaza se quedó vacía. Tomé de las manos a Marta y acercando su rostro al mío, besé sus labios. De la emoción cerré los ojos. En el momento en el que los abrí, aquel rostro dulce y bello se había convertido en una momia putrefacta. De sus dientes podridos, brotaba un hedor a cementerio.

Cuento de terror Dulce engendro

La alejé como pude, pero ella se aferraba a mí fuertemente. Tanta fue su resistencia que en mi ropa quedaron colgando algunas de sus vendas. Yo no creía en ninguna historia de miedo sobrenatural, más a partir de ese suceso me documenté sobre esos asuntos.