Cuento clásico Ricitos de oro

Érase una vez un cuento clásico en el que se encontraba una alegre familia de osos que se disponía a sentarse a la mesa, cuando papá oso intempestivamente dijo:

– Cariño, se nos olvidó el postre.

– Es cierto, te dije que pasáramos al expendio de miel, pero se te olvido. Contestó su mujer.

– ¿Por qué no vamos en lo que la sopa se enfría? Al fin y al cabo está a unas cuadras de aquí.

– Sí, nada más acomodo los tazones y nos vamos. Tú mientras tanto, ve por el niño.

– Perfecto, te esperamos en el porche.

Los tres osos salieron a comprar la miel y mientras tanto una niña a quien todos en el bosque apodaban como “Ricitos de Oro” dado a que sus cabellos eran del mismo color que el de aquel metal precioso, se aproximó a la cabaña.

A través de una ventana abierta, pudo oler el aroma delicioso que emanaba de los tazones puestos en la mesa de la cocina.

– Mmmmm huele a sopa. Y yo con el hambre que tengo. Murmuró la niña.

Miró hacia todas direcciones, para cerciorarse de que nadie estaba cerca y con sumo cuidado se introdujo en la casa. Ya en la cocina vio los recipientes llenos de sopa de letras.

El primero era enorme, el segundo era de tamaño mediano y por último se encontraba uno pequeñito. Ricitos de oro como una cuchara y comenzó a probarlos en ese mismo orden.

– Uy está demasiado caliente.

– Esta sopa está helada.

– ¡Wow! De la manera en que a mí me gusta, tibiecita.

La niña literalmente devoró el contenido del tazón del pequeño osezno (eso sin contar la media o gasa de pan de centeno que también se comió).

Luego de la sopa a Ricitos de Oro le dio mucho sueño.

– Voy a ver si encuentro una cama en donde pueda dormir una siestecita.

Subió las escaleras y en la habitación que se encontraba frente a éstas, halló tres camas acomodadas una vez más por tamaños. La primera además de ser muy grande tenía un colchón ortopédico sumamente duro.

La segunda era más suave que una nube gracias a que su colchón estaba relleno de plumas de cisne.

La última cama era pequeña y con un colchón perfecto para recostarse un rato. La niña cerró sus ojos y se durmió en un santiamén.

Posteriormente los osos regresaron y rápidamente se dieron cuenta de que había un intruso en su domicilio.

– ¡Alguien ha probado mi sopa y la tuya cariño! Y aparte se comió la del niño. Dijo papá oso.

– Espera… ¿Qué es eso? Exclamó mamá osa.

– Estos son ronquidos y vienen de arriba. Estoy seguro de que el ladrón sigue aquí. Síganme, lo sorprenderemos mientras duerme.

Los tres osos entraron a la alcoba sin hacer ruido y vieron a Ricitos de Oro profundamente dormida. El osezno gruñó molesto al ver que la chiquilla había des tendido su cama.

Los gruñidos hicieron que la niña abriera los ojos y sin pensarlo saliera despavorida de la cabaña.

Cuento clásico Ricitos de oro

Luego de unos días, los osos recibieron una canasta de frutas que provenía de la casa de Ricitos de Oro, disculpándose por el mal comportamiento de la pequeña. La moraleja de esta historia es jamás entres a un sitio, si no has sido invitado.